Hijo de una familia conservadora, Silva Henríquez encontró tempranamente su vocación por las leyes, pero también un llamado mucho más profundo que lo llevó a un camino distinto: el sacerdocio.
Tras ordenarse a los 31 años en la Congregación Salesiana, sus primeros pasos como sacerdote fueron testigos de las profundas desigualdades del Chile de entonces. Desde sus distintos roles como docente y líder en el ámbito educacional, comenzó a esbozar lo que sería una vida de lucha por la justicia social, predicando con fuerza que la fe cristiana no podía ser disociada del compromiso con los oprimidos.
Esta convicción lo llevó a fundar Caritas Chile y la Federación de Instituciones de Educación Particular (FIDE), buscando dar respuestas concretas desde la Iglesia a las carencias y necesidades del país.
El Cardenal no solo hablaba de justicia social, sino que la ponía en práctica, impulsando acciones que protegieran a los más vulnerables. Su liderazgo lo llevó a la cumbre de la jerarquía eclesiástica, siendo nombrado Arzobispo de Santiago y, posteriormente, Cardenal de Chile.


